“Y cuando te hayas consolado, estarás contento de haberme conocido. Serás siempre mi amigo. Recordarás lo mucho que te gustaba reírte conmigo.”  

- Antoine de Saint-Exupéry 

  

Quiero dedicar este artículo a mi perro Baloo, que falleció el 06 de mayo del 2018, hace exactamente 3 años. Baloo era un perro muy especial para mí, en realidad fue mucho más que un perro: mi mentor, mi compañero, mi pequeña media naranja durante 10 años. Dicen que en la vida a veces existe ese perro especial, que está muy dentro de tu corazón. En mi caso, estoy segura de que ese perro fue él.     

 

Baloo entró a mi vida cuando apenas tenía 18 años y aún vivía en casa de mis padres. 

 

Fue una decisión espontánea, que no era mi estilo. Al fin y al cabo, si adoptas un perro hay que pensarlo bien. En el caso de Baloo no fue así, pero no me he arrepentido ni un solo día. Hay que mencionar que en aquel momento ya teníamos a Inka, una perra hembra. Pues sabíamos más o menos en qué nos estábamos metiendo.  

Baloo llegó y desde el primer día se sintió como en casa. En cambio, Inka lloraba mucho al principio (sobre todo por la noche). Me habían contado que los perros necesitaban un periodo para adaptarse a su nuevo hogar. Pero este pequeño cachorro, que era del tamaño de mi mano, al cabo de unas horas ya estaba tumbado en medio de la terraza, profundamente relajado y observando su nuevo hogar. Esta capacidad de estar tan tranquilo en cada nueva situación era una de las características especiales de Baloo. Simplemente no se dejaba estresar por nada, disfrutaba de cada momento y tenía esa auténtica alegría de vivir sin preocupaciones, que hasta la gente que decía tener miedo a los perros lo querían. Así que su nombre era su estilo de vida, se relajaba y se olvidaba de sus preocupaciones, si es que las tenía.  

 

Cuando me mudé a mi propio piso a los 21 años, Baloo estuvo conmigo. Me acompañó durante mis años de universidad, y venía conmigo a todas partes. Aunque perros estaban prohibidos en las aulas, nadie notó que escondía a este chiquito bajo mi escritorio de madera. Al igual muchas veces me lo llevaba a mi trabajo. Iba a una pequeña empresa de estudios de mercado y trabajaba en data entry y análisis estadísticos. Mientras me ganaba el pan de cada día (o bien la comida de mi perro) Baloo se dejaba mimar por mis compañeros de trabajo y disfrutaba irse de paseo por el precioso Hofgarten de Düsseldorf a la hora del almuerzo.  

 

Cuando empecé mi doctorado después de la licenciatura, tuve permiso llevármelo a la oficina (como excepción, dijo mi profesor). Pronto todo el departamento se enamoró de él. No solo era muy relajado, sino también muy autónomo. En lugar de vivir pegado a mí, caminaba independientemente de un despacho a otro y visitaba a los estudiantes en sus oficinas. Era un visitante bienvenido y hasta se ganaba algo de comer entre visitas.   

Es importante mencionar que a lo largo de los años Baloo desarrolló un comportamiento de mendicidad muy extraño. Quizás porque a mí nunca me gustaba la forma de mendigar “normal", es decir, mirarme fijamente con ojos grandes, acercarse a mí, rascarse con la pata, etc. y no lo toleraba.  

Pues en algún momento se le ocurrió tumbarse en el suelo boca arriba, estirar las cuatro patas y quedarse así. Esta conducta, bastante graciosa, me gusto mucho y yo empecé a darle premios. Al final, Baloo podía estar tumbado en medio del piso durante casi toda una comida.  

Igualmente me encantaba llevarlo a las actividades de ocio con mis amigos. Como era capaz de relajarse y dormir en cualquier sitio, no era un problema para él. Se sentaba en los cafés, dormía en los bancos del parque, viajaba en metro y fue mi apoyo moral en las compras. Hay que reconocer que no le gustaba irse de compras para nada. Recorrer un pasillo de ropa tras otro era demasiado agotador para él. Por eso lo dejaba en un lugar tranquilo y menos frecuentado de la tienda y lo recogía cuando terminaba con mis compras (por supuesto, un lugar seguro donde yo podía verlo).  

Tampoco se separó de mí una vez que me mudé a Austria durante mi doctorado. Vivíamos en un piso compartido con una amiga y su perro. Baloo se llevaba muy bien con los dos y disfrutaba del patio grande que teníamos en aquel entonces. Por supuesto venía conmigo a la oficina. Todavía recuerdo el sonido de sus patitas cuando caminaba sobre el viejo parqué del edificio. Cuando hacía mis análisis del comportamiento de los lobos (la razón por la cual me mudé a Austria) Baloo se quedaba bajo mi mesa esperando pacientemente hasta que yo volvía para analizar los datos.  

Cuando conocí a mi novio, él y Baloo se hicieron amigos al instante. Aunque Anthony insistió varias veces en que no le gustaban los perros, no tardó mucho en invitarlo a subirse a la cama. Todavía tengo fotos en mi ordenador que lo prueban. Nadie podía resistirse al encanto de Baloo. 

Por desgracia, llegó el día de despedirnos. Tal día siempre llega demasiado temprano, pero en el caso de Baloo realmente fue demasiado pronto, ya que murió tras una corta enfermedad a la edad de 10 años (que no es ninguna edad para las razas pequeñas). Los últimos días y semanas fueron muy difíciles para todos nosotros. Baloo se estaba deteriorando y ningún veterinario podía salvarlo. Fue ingresado en el hospital veterinario como paciente interno, recibió infusiones y un diagnóstico preciso, pero sin ningún éxito.  

Lo visité todos los días durante estas semanas y, aunque ya estaba muy débil, movía un poco la cola cada vez que me veía. Como él solo podía caminar unos metros, solíamos sentarnos juntos en un banco frente al edificio de la clínica, escuchar a los pájaros y disfrutar de los rayos del sol. Aunque estos breves momentos juntos eran infinitamente preciosos para mí, se me rompía el corazón verlo sufrir en estas condiciones. Pero por su bien, guardé mi tristeza para más tarde. El tiempo que pasábamos juntos era demasiado valioso.   

Tras la muerte de Baloo, estaba muy dolida por mucho tiempo. Para las personas que no son amantes de los perros es difícil entender lo que significa la muerte de tu propia mascota. Para mí, fue como si hubiera muerto alguien de mi familia. Lo eché mucho de menos y me sentía incompleta y sola.  

Pero después de tres años puedo decir que el dolor desaparece poco a poco con el tiempo (por supuesto que hay días buenos y malos). Lo que queda son muchos recuerdos maravillosos y una sensación de calidez cuando recuerdas a tu amado perro y la gratitud por haberlo tenido a tu lado. Baloo estuvo conmigo de la adolescencia a la madurez.    

Incluso más allá de su muerte, intento tomar ejemplo de él. Cuando estoy estresada, pienso en su carácter relajado y trato de adaptar esa tranquilidad. Cuando algo no me cuadra y tengo ideas fijas sobre cómo deberían ser las cosas, pienso en Baloo y en su "indiferencia a la correa", como yo la llamaba. Ya que Baloo era feliz de cualquier manera, cuando estaba con o sin correa. Esta actitud es sencillamente admirable, así que intento alegrarme de lo que es, estar presente y de cierta manera dejar de lado las expectativas y los miedos. No soy tan buena como Baloo, pero la práctica hace la perfección, como todos sabemos.  

 

 

Estoy infinitamente agradecida a este perrito por los años que pasamos juntos. Me ayudó a convertirme en lo que soy hoy, y por eso una parte de él sigue aquí conmigo.  

 

Por último, un pequeño consejo a las personas que no quieren tener un perro (más) porque tienen miedo del día en que se muera. ¡Sed valientes y aceptadlo! La muerte forma parte de la vida; al fin y al cabo, todo es transitorio y depende de nosotros cómo pasamos el tiempo que nos regalaron. ¿Nos escondemos por miedo de que nos hagan daño, o queremos abrirnos a las maravillosas amistades que hacen nuestra vida mucho más rica?